03/06/2026
LA VIDA QUE PERDÍ EN EL CAMINO DEL ALZHEIMER…
𝘏𝘢𝘺 𝘱é𝘳𝘥𝘪𝘥𝘢𝘴 𝘥𝘦 𝘭𝘢𝘴 𝘲𝘶𝘦 𝘯𝘢𝘥𝘪𝘦 𝘩𝘢𝘣𝘭𝘢 𝘤𝘶𝘢𝘯𝘥𝘰 𝘶𝘯𝘰 𝘴𝘦 𝘤𝘰𝘯𝘷𝘪𝘦𝘳𝘵𝘦 𝘦𝘯 𝘤𝘶𝘪𝘥𝘢𝘥𝘰𝘳.
Hoy quiero hacer las paces con la vida que me tocó vivir.
La verdad es que no sé si fue el Alzheimer el que me robó la vida… o si fui yo misma quien, sin darme cuenta, la fue entregando poco a poco.
Todavía recuerdo la primera vez que dije: “Yo creo que mi papá tiene Alzheimer.”
Yo tenía 22 años.
Poco más de un año después ya estaba cuidando de papi a tiempo completo, cuando mi propio cerebro ni siquiera había terminado de formarse. Trataba de estudiar, trabajar y mantener el control de una situación que era mucho más grande que yo. Era yo quien tenía que resolverlo todo.
No tuve un noviazgo saludable. Nunca tuve una cita “normal” con quien luego fue mi esposo, porque mi vida relacional giraba en función de papi quien nos acompañaba a todas partes.
Mis años de escuela de Derecho son, hasta hoy, una nube borrosa: el cansancio constante, los malos ratos, las guerras para mantener las finanzas de papi bajo control, la vigilancia perpetua para que no chocara el carro o se me perdiera… y las negociaciones silenciosas con Dios para que no quemara la casa mientras yo estaba en clase.
Yo odiaba todo sobre mi vida. ¡Sentía tanta rabia!
Vivía de mal humor, siempre esperando la próxima catástrofe. Me tomó demasiados años aprender a vivir desde una actitud de agradecimiento. Y cuando finalmente empecé a entenderlo, ya había perdido todo cuanto era importante para mí: mi hogar, mi matrimonio, el sueño de una familia, mi salud mental.
Era imposible para los que me rodeaban el ser felices conmigo, porque YO no estaba feliz conmigo.
Pero, ¿quién puede estar en su sano juicio cuando vive con las emociones fuera de control? ¿Cuando estás constantemente agotada, malhumorada, esperando la próxima catástrofe, la próxima hospitalización, el próximo problema qué resolver? ¿Cuando te divides en veinte pedazos tratando de ser cuidadora y mujer al mismo tiempo? Cuando uno es cuidador/a, uno deja de ser de uno mismo para ser del paciente. No hay tiempo ni espacio para preguntarse qué necesita uno. Y se vive en una profunda soledad, porque en mi caso, aun en los pocos momentos en que tuve ayuda, yo fui quien llevó el peso emocional de la familia.
Y a eso súmale el dolor profundo de ver cómo el Alzheimer iba robándose lentamente al amor de mi vida… y dejándome, en su lugar, a un niño grande. Para mí el luto por la muerte de papi comenzó el día en que lo dejé por primera vez en un hogar de cuido, seis años antes de su muerte física. Fue en esos años que aprendí a darle valor al tiempo y agradecer lo que me quedaba con su cuerpo, porque quien era él ya no estaba.
Hoy, treinta años después, me toca hacer las paces con la vida que viví.
Nunca logré muchos de los sueños que anhelaba mi corazón, porque toda mi vida giró alrededor de ser cuidadora. Sí, hice lo imposible por construir una vida “bonita” después de la muerte de papi. Pero no lo logré.
Cuando uno vive el trauma de cuidar a una persona con Alzheimer —y sí, hoy sabemos que puede ser una experiencia traumática— uno nunca vuelve a ser igual. Siempre digo que soy una “cuidadora en recuperación”, porque los comportamientos maladaptados que uno desarrolla para sobrevivir al proceso no desaparecen solos. Requieren un trabajo profundo de sanación.
Cometí muchos errores a través de los años. Tomé muchas malas decisiones tratando de recuperar lo que la enfermedad de papi me había robado. Algunas de esas decisiones todavía hoy las sigo pagando.
Y tengo que confesar que todo ese proceso me dejó sin autoestima, sin norte y con un dolor profundo en el alma.
Pero hoy me toca reconciliarme con mi historia. Perdonarme, perdonar, y dejar de luchar para recuperar todo aquello que ya se perdió.
Quizás sea bueno que mi carrera en el campo de la investigación de Alzheimer no haya crecido más.
Quizás Dios me está dando la oportunidad de construir un espacio en la vida que no esté definido por la enfermedad.
Quizás este sea el momento de dejar de mirar todo lo que perdí…
y empezar a preguntarme cómo quiero vivir los años que todavía me puedan quedar.