11/24/2025
A lo largo de muchos años, he solicitado a Dios la sabiduría para acallar mi voz, anhelando encontrar en el silencio una verdadera grandeza y madurez espiritual. Hubo momentos en los que logré permanecer en silencio, pero también enfrenté épocas en las que mi impulso de hablar se volvía incontrolable. Reconozco que no siempre tuve la sabiduría ni la disciplina necesarias; mi ego sigue teniendo influencia en mí, aunque en formas diferentes a las que solía manifestarse.
He llegado a comprender que mi necesidad de ser escuchada estaba impulsada por el temor de que, si no hablaba, los demás podrían formarse opiniones erróneas sobre mí. No me daba cuenta de que las percepciones ajenas estaban más conectadas con lo que llevaban en su interior que con mis propias palabras. Así, viví atrapada en la búsqueda de aprobación externa, una adicción que operaba de manera inconsciente.
El entendimiento de que callar mi voz era un mensaje directo a mi inconsciente fue un descubrimiento transformador. Era un grito interno que no sabía cómo interpretar. Lo que realmente necesitaba silenciar no era mi voz externa, sino el ruido constante de mis pensamientos. Este ruido llenaba mi mente con un torrente de información, tanto positiva como negativa, alejándome de la paz y de la conexión auténtica conmigo misma.
Hoy me pregunto hasta qué punto he aprendido a cerrar mi boca y en qué medida he permitido que mi ego gobierne mis interacciones diarias. Reconozco que la presencia plena y la conciencia son esenciales para tomar decisiones que contribuyan a mi bienestar.