07/01/2026
Lo que aprendí en terapia sobre comunicación de pareja (y nadie explica bien)
Validar no es decir “tienes razón”.
Validar es algo mucho más incómodo: reconocer que lo que el otro siente tiene sentido para él, aunque no te convenga, aunque no te guste, aunque no estés de acuerdo. Y aquí empieza el problema.
Porque mucha gente confunde validar con permitir.
Y no: las emociones se validan, las conductas se regulan.
Entender por qué alguien actúa de cierta manera no te obliga a tolerar que te lastime.
Eso no es madurez emocional.
Eso es falta de límites.
En una relación sana no se justifican conductas que dañan a otros.
Cada quien es responsable de cómo gestiona lo que siente.
Tu enojo puede ser legítimo.
Tu forma de expresarlo, no necesariamente.
La asertividad empieza cuando dejamos de juzgar y empezamos a describir.
Hechos, no etiquetas.
Lo que pasó, no lo que “eres”.
“Ayer levantaste la voz” describe la realidad.
“Siempre eres agresiva” la distorsiona.
Las palabras siempre, nunca, todo, nada, deberías no son inocentes.
Son absolutos que no buscan entender: buscan ganar.
Y cuando alguien quiere ganar, la relación pierde.
Hay algo todavía más incómodo:
en cada discusión no hay una sola escena, hay dos historias activadas al mismo tiempo.
La mía… y la del otro.
Reaccionamos menos al presente de lo que creemos
y mucho más a viejos aprendizajes, heridas y patrones.
Cuanta menos conciencia hay de eso, más reactividad.
Cuanta más conciencia, más capacidad de modelar la relación sin imponerla.
Y aquí aparece algo fundamental que suele olvidarse:
cuando alguien se siente agredido, su emoción merece ser escuchada.
Sentirse herido, enojado o expuesto es válido.
Lo que no es válido es usar ese malestar como permiso para calificar, denigrar o exhibir al otro, especialmente en espacios públicos.
Sentirme lastimada no me autoriza a lastimar.
Comprender mi dolor no me exime de la responsabilidad sobre cómo lo tramito y cómo lo expreso.
Mi emoción puede ser legítima, pero mi conducta sigue siendo mía.
Y cuando el dolor se transforma en ataque, ya no estamos comunicando: estamos actuando la herida.
La comunicación madura no acusa.
No etiqueta.
No diagnostica.