ALESTE (donde nace el sol)

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Restaurar la Armonía y el Equilibrio emocional de los seres Produce la Sanación y la Curación y nuestro trabajo es darte herramientas para alcanzar ese objetivo

05/01/2026

En 1942, un barco quedó a la deriva en el Mar Arábigo.
A bordo iban 740 niños polacos, huérfanos, sobrevivientes de campos de trabajo soviéticos. Habían perdido a sus padres, su país y casi toda esperanza.
Puerto tras puerto les cerró las puertas.
El Imperio Británico dijo no.
La India colonial dijo no.
El mundo dijo no.
La noticia llegó entonces a Jam Sahib Digvijay Singhji, gobernante de Navanagar. No tenía poder militar ni control sobre los puertos. Tenía, eso sí, algo que nadie podía gobernar por él: su conciencia.
—¿Cuántos niños son?
—Setecientos cuarenta.
—Entonces que atraquen aquí.
Los británicos protestaron. Él no retrocedió.
“Si los poderosos se niegan a salvar a los niños, yo haré lo que ellos no pueden.”
Cuando el barco llegó, los niños bajaron débiles, en silencio, acostumbrados al rechazo. El maharajá los esperó en el muelle, vestido de blanco. Se inclinó para mirarlos a los ojos y les dijo algo que no escuchaban desde hacía años:
“Ya no son huérfanos. Son mis hijos ahora.”
No levantó un campo de refugiados.
Construyó un hogar.
En Balachadi, creó una pequeña Polonia en la India: escuelas, médicos, comida familiar, idioma, canciones, Navidad bajo el sol tropical. Les devolvió algo más que seguridad: les devolvió identidad y dignidad.
Durante cuatro años, en medio de la guerra, esos 740 niños vivieron como familia. Crecieron. Rieron. Sanaron.
Hoy, muchos son abuelos. Polonia lo honra con plazas y escuelas que llevan su nombre. Pero su verdadero monumento no es de piedra.
Son 740 vidas que siguieron adelante porque, cuando el mundo cerró sus puertas, un hombre decidió abrir su corazón.
A veces, la historia no cambia con ejércitos.
Cambia cuando alguien dice: “Sí, entren."
Libro.... historias jamás contadas

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02/01/2026

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Hizo una bolita de masa con muestras de un paciente moribundo —y se la tragó. Su esposa se tragó otra.

Primavera de 1916. Una clínica médica en algún lugar del sur de Estados Unidos.
El doctor Joseph Goldberger sostenía una “cápsula” en la mano. Dentro del envoltorio de masa: raspados de costras de la piel y otras muestras del paciente, mezcladas para formar una pequeña bolita.
Al otro lado de la sala, su esposa, Mary, esperaba con un vaso de agua.
No estaba allí para detenerlo. Estaba allí para acompañarlo.
Estaban a punto de tragárselo. Los dos.

Fuera de esas paredes, una plaga misteriosa estaba arrasando el sur. Dañaba la piel. Deshacía la mente. Mataba a miles.
Toda la medicina oficial insistía en que era un germen: algo contagioso que se transmitía por contacto, que exigía cuarentenas y aislamiento.

Goldberger sabía que estaban equivocados.
Pero sus datos no bastaban. Para salvar a millones, tenía que demostrar que la enfermedad no se propagaba de persona a persona.
Aunque pudiera costarle la vida.

Durante décadas, el sur de Estados Unidos vivió bajo la sombra de lo que muchos llamaban “la Muerte Roja”.
La pelagra.

Empezaba como una quemadura de sol que no se iba. La piel se oscurecía y aparecían lesiones rojas e irritadas que podían rodear el cuello como un collar: el “collar de Casal”.
Luego llegaba el deterioro por dentro.

“Las cuatro D”: Dermatitis. Diarrea. Demencia. Muerte.

Desde principios del siglo XX, la pelagra estaba matando a miles cada año. Los hospitales se llenaban de pacientes con la piel dañada y la mente deshilachada.
Pueblos enteros trataban a las víctimas como apestados. Familias completas eran rechazadas. El pánico se extendía más rápido que la propia enfermedad.

El gobierno envió al doctor Joseph Goldberger a encontrar el germen y detenerlo.

Lo que estaba en juego era total. Si era un germen, la respuesta era la cuarentena. Si no lo era —si había otra causa— entonces el problema apuntaba al corazón del sistema social y económico del sur.

Goldberger llegó a salas de asilos en Mississippi.
Y notó algo que otros habían pasado por alto.

Los pacientes morían de pelagra. El personal seguía sano.

En otras salas “infecciosas” —tifoidea, cólera y tantas más— el personal terminaba cayendo. Los microbios no distinguen cargos. Se propagan.
Pero allí, médicos y cuidadores caminaban entre los enfermos sin contagiarse.

Goldberger observó qué comían. El personal tenía una dieta variada: leche, huevos, alimentos frescos. Los pacientes sobrevivían con una rutina barata y monótona, a base de harina de maíz, melaza y carne salada o seca.
No era contagio.

Era carencia.

Los pobres no “atrapaban” una enfermedad. Estaban siendo dañados, poco a poco, por una alimentación sin un nutriente crucial e invisible.

Goldberger se movió para probarlo. Cambió la comida en instituciones y añadió alimentos frescos y variados. Muchos mejoraron con el tiempo.
Debería haber sido una victoria. En cambio, empezó una guerra.

La reacción fue feroz. Políticos y médicos locales estaban furiosos.
Goldberger era un médico federal nacido en Nueva York, y sus conclusiones sonaban como una acusación directa: que la miseria y la dieta impuesta por la pobreza estaban enfermando a la gente.
Se negaron a creer que el “modo de vida” pudiera estar matando.

Los ataques se volvieron personales. Se decía que manipulaba resultados. Se le exigía “encontrar el germen” o largarse.

Curar gente no era suficiente. Goldberger entendió que tenía que hacer algo que nadie pudiera discutir.
Tenía que intentar “pasarse” la enfermedad a sí mismo.

Fue a una granja-prisión estatal cerca de Jackson. Ofreció indultos a un grupo de presos sanos si aceptaban una “dieta especial”.
Aceptaron.

Durante meses, Goldberger los alimentó con una versión típica, barata y repetitiva de la mesa pobre del sur: sémola y harinas, jarabes, papillas, casi sin alimentos frescos.
Poco a poco, los hombres empezaron a venirse abajo.

Se volvieron apáticos. Luego apareció el sarpullido. Después, la confusión.
Uno suplicó que lo sacaran, diciendo que había pasado “mil infiernos”.

Goldberger había provocado la enfermedad solo con comida. Sin microbios. Sin contacto.
Sus críticos cambiaron el argumento: “seguro tenían una infección escondida”. Seguía siendo un germen, decían.

A Goldberger le quedaba una sola carta.

Las “fiestas de inmundicias”.

Organizó experimentos con colegas. Y con su esposa.
Reunieron materiales de pacientes con pelagra: sangre, costras de piel, heces, o***a y secreciones. Se aplicaron muestras por vías extremas: algunas mediante inyecciones o hisopos nasales; otras, convertidas en pequeñas bolitas mezcladas con harina o migas.
Y se las tragaron.

Esperaron.

Días que se hicieron semanas. La tensión en la casa de los Goldberger era insoportable. Cada picor, cada retortijón, se analizaba con miedo.
Si estaban equivocados, el precio sería lento y devastador.

Nadie desarrolló pelagra.
Ni un solo brote característico. Nada.

Meses después, a finales de 1916, el resultado era claro: la pelagra no se transmitía así.
Podías exponerte a todo eso y no enfermar… si tu problema real no era un microbio, sino una carencia en la dieta.

Goldberger publicó sus hallazgos. Había demostrado que la pobreza —y la mala alimentación asociada— era el verdadero verdugo.

Esperaba cambios. Esperaba ayuda.
Pero muchos prefirieron enterrar la verdad.

A algunos líderes les aterraba admitir la desnutrición: temían el impacto económico y el estigma. Y rechazaban la idea de ayuda externa.
Goldberger pasó el resto de su vida buscando el componente exacto que faltaba (más tarde se identificó como niacina, vitamina B3).
Murió de cáncer el 17 de enero de 1929, con 54 años.

No llegó a ver la solución adoptada a gran escala.
Y no fue hasta la década de 1940, con la mejora general de la dieta y el enriquecimiento de alimentos como la harina con niacina, cuando la pelagra prácticamente desapareció en Estados Unidos.

Salvó a millones.
Pero no llegó a verlos vivir.

Piensa en lo que hizo Joseph Goldberger. No solo arriesgó su carrera. Arriesgó su vida. Y su esposa arriesgó la suya.
Se expusieron a lo impensable para demostrar algo que mucha gente poderosa no quería que se demostrara.

Porque admitir que la pelagra era pobreza significaba admitir que el sistema estaba fallando a los más vulnerables.
Significaba aceptar que había personas muriendo no por mala suerte, sino por decisiones y condiciones evitables.

Así que lo llamaron mentiroso. Ignoraron su trabajo. Y dejaron que miles siguieran sufriendo cuando la respuesta era, en esencia, alimentar mejor a quienes no podían.

La historia de Goldberger no es solo valentía científica. Es también el choque entre la evidencia y los intereses.
A veces la cura existe. Pero falta la voluntad de usarla.

En honor al doctor Joseph Goldberger (1874–1929), que se expuso a lo inimaginable para probar lo innegable, y que merecía ver el mundo que ayudó a salvar.

Fuente: Science History Institute ("Joseph Goldberger’s Filth Parties", 8 de septiembre de 2020)

31/12/2025
PROTOCOLO DE ENEMASObjetivo: Aplicación en enfermedades gastrointestinales, crónicas hepáticas, cáncer, parasitósis y pr...
19/12/2025

PROTOCOLO DE ENEMAS

Objetivo: Aplicación en enfermedades gastrointestinales, crónicas hepáticas, cáncer, parasitósis y problemas de salud específicos.
Dosis General: 10 ml de CDS (0,3% = 3000 ppm) por cada litro de agua para enemas.

E***a de evacuación:
Mezclar 10 ml de CDS por cada litro de agua templada a temperatura corporal.
Llenar un irrigador intestinal con la solución.
Aplicar vaselina en la punta del irrigador y suavemente introducir en el recto.
Preferiblemente estar tumbado del lado derecho para facilitar la penetración del agua.
Abrir la válvula y llenar el colon en tandas pequeñas o de una sola vez.
Retener el líquido durante unos tres minutos antes de evacuar para aumentar la eficacia.
Usualmente, aplicar hasta una vez al día, por la noche antes de dormir, cada dos o tres días durante una o dos semanas.
Se pueden añadir 1 parte de agua marina a 3 partes de agua dulce.

Protocolo EC (E***a clínico de absorción lenta): indicado para evitar el rebrote de pathógenos durante la noche y en casos graves.
Conectar un equipo de venoclisis con una sonda blanda (como una sonda uretral «Nelatón» o gastrointestinal) a la bolsa de suero salino con CDS.
Lubricar la sonda flexible e introducirla vía re**al, preferiblemente hasta el inicio del colon descendente.
Ajustar la velocidad de goteo según la tolerancia del paciente preferiblemente durante toda la noche.

Opciones de dilución: EC10: 250 ml de suero salino NaCl 0.9% + 10 ml de CDS a 3000 ppm durante 4-6 horas.
EC20: 0.5L de suero salino NaCl 0.9% + 20 ml de CDS a 3000 ppm durante 8-10 horas.
EC30: 1L de suero salino NaCl 0.9% + 30 ml de CDS a 3000 ppm durante 10-12 horas.

Aplicar una vez al día, preferiblemente por la noche.

Precauciones:
Evitar el uso de DMSO con este protocolo, ya que puede favorecer la penetración de toxinas f***les en la sangre.

Utilizar 10 gotas de CD activado (MMS) o 10 ml de -D-S para casos sensibles.

Por cada litro de agua templada, a temperatura del cuerpo aproximadamente. Los irrigadores intestinales suelen ser de 2 litros aproximadamente. Se llena el irrigador de agua y se preparan las gotas en un vaso aparte.
Una vez activados se mezclan con el agua del irrigador.

Se aplica un poco de vaselina o crema a la punta del mismo, mientras se introduce en el recto.

La mejor posición es estar tumbado en el lado derecho para facilitar la penetración fácil del agua.
Se abre la válvula y empieza a llenarse el colon. Se puede hacer en varias tandas pequeñas o también de una sola vez, según las condiciones y el bienestar de la persona.
Se intenta retener el líquido durante unos tres minutos antes de evacuar, para incrementar la eficacia. Más de cinco minutos no es necesario.

10 gotas activadas de CD (MMS) por cada litro de agua templada. o como alternativa 10 ml de CDS por cada litro de agua templada.

Este protocolo es esencial en casos de enfermedades crónicas hepáticas, parasitosis, autismo y demás enfermedades gastrointestinales.
Según el grado de la enfermedad y condición del paciente, se suele aplicar hasta una vez al día, preferiblemente por la noche, antes de dormir. Como regla general se utiliza cada dos o tres días durante una o dos semanas.
Hay reportes de personas que han utilizado este protocolo hasta dos veces al día, durante un tiempo prolongado, para enfermedades graves, sin haber tenido efectos negativos secundarios en la mayoría de los casos.

Lo mejor sería adaptarlo a cada persona.

Se le puede añadir agua de mar: 1 parte agua de mar + 3 de agua dulce.

A muchas personas les ha resultado muy útil el sistema YOGUI:
3 noches seguidas.
3 noches: una sí y una no.
3 noches: cada 3 días.
3 noches, una por semana.

Aunque este protocolo es eficaz, para hemorroides y fisuras re**ales es más fácil aplicar el protocolo P de perilla.

La mayoría de las enfermedades tienen su origen en el sistema gástrico intestinal.
El CDS elimina la toxicidad y deshace las adherencias.
Si se elimina la toxicidad, se reduce la fatiga.
El CDS elimina biofilm, bacterias, cándida, hongo, materia f***l encapsulada y parásitos

Dirección

Dr. Julio Cesar Grauert 3322
Montevideo
11600

Horario de Apertura

Lunes 10:00 - 13:00
16:30 - 19:00
Martes 10:00 - 13:00
Miércoles 10:00 - 13:00
Jueves 10:00 - 13:00
Viernes 10:00 - 13:00

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